Hola... ¿Qué tal tu condena?
¿Sabes?, en el cole me enseñaron que existían cinco sentidos, putos mentirosos.
Me engañaron con eso y con los estados de la materia, malvados...
Ahora que soy mayor se que hay muchos más que cinco sentidos y que mis profes tampoco lo hicieron con mala intención. Si te interesa saber cuáles son vas a la wikipedia y los buscas, pero yo quería contarte algo acerca de uno de mis sentidos favoritos; el olfato.
Y tu dirás, que tipo más raro, tiene sentidos favoritos y todo.
Pues sí, así soy yo, gilipollas perdido de nacimiento.
Los entendidos en esto de las palabras serias dicen que el del olfato es el sentido más evocador y yo, el más iletrado de los bloggers, estoy de acuerdo con esa afirmación, por eso es mi favorito.
Ahh, el olfato. El olfato me hace recordar tantas cosas. Una vez que huelo algo, supongo que a ti te pasará igual, de inmediato mi mente lo asocia con vívidas imágenes. Recuerdo un perfume en concreto, la verdad es que no se de qué perfume se trata; solo se que es un perfume de mujeres mayores de esas con pasta, ya sabes cuáles; sesentonas adineradas de esas que se tiñen el pelo de color lila. Joder, ¿por qué se tiñen las viejillas con ese color?. Ojito, que no soy un pervertido gerontófilo ni nada de eso, esta historia que te voy a contar no es sucia, creo.
La cosa es que alguna vez, paseando por Mesa y López he olido esa fragancia y mi mente vuela al pasado; a las navidades de hace treinta años, por lo menos.
Te cuento.
Verás, en su juventud, mi abuela, una niña nacida en 1917 sirvió en una casa de gente rica. Ya desde muy niña, no tendría más de diez años, fue acogida por esa familia que practicó con ella la más horrible de las esclavitudes. Vamos a ver, no la torturaban ni nada de eso, pero coño, poner a trabajar a una niña. Ya se que eran otros tiempos y todo eso, pero coño...
Pues bueno, imagínate... Las Palmas, 1927 (aprox), la primera guerra mundial no era más que un mal recuerdo, el Charlestón aún hacía furor en las radios de válvulas, nuevas modas se imponían y luego estaban todos aquellos fantásticos y maravillosos inventos. Casi no había coches en las calles, que coño, casi no había ni calles. Ya te digo, otros tiempos.
No tenían internet y eran mucho, mucho más felices. Supongo que cuando alguien de dentro de cuarenta o cien años escriba algo por el estilo a este blog dirá, "joder, no tenían neuranet (pendiente de patente)"
Bueno, me estoy enrollando como una persiana pero creo que en el fondo te gusta que divague.
Te decía que mi abuela sirvió en casa de esa familia, una de las más influyentes familias de la élite burguesa de Gran Canaria. Y según me contó, no lo pasó mal, trataba con los animales, tenían un mini-zoológico o algo. Trabajaba interna y creció en esa casa. Se convirtió en parte fundamental de la familia y todo eso. Me contó algunas anécdotas chulas que tal vez algún día te cuente a ti.
Pasó el tiempo y mi abuela se casó con mi abuelo así que dejó de servir en la casa de la gente rica para servir en su propia casa de gente pobre.
Total que esa familia nunca olvidó a mi abuela y tuvo un trato amable con ella hasta el fin de los días de la señora de la casa. Antes de que eso sucediera, la muerte de la señora, digo, mi abuela iba todos los años a la casa de la familia por navidad. Supongo que le darían aguinaldo o algo, ya sabes, esas tradiciones antiguas. Cuando fui lo suficiente mayor me tocó el turno.
Yo nunca serví a la familia y en realidad no recuerdo mucho de todo aquello pero recuerdo entrar en aquella casa con un batiburrillo de sentimientos bullendo en mi cabecita; miedo, sobre todo miedo y nervios. También algo de vergüenza; no me gustaban los desconocidos, ahora los adoro.
Ibamos en taxi, o nos llevaba mi abuelo en su mini. Jajajaja, imagínate, mi abuelo que era como un tanque con heridas de metralla en las piernas, conduciendo el mini, jajajaja y mi linda abuelita a su lado, orgullosa. Que bueno, se me saltan hasta las lágrimas. Mi madre en silencio, con su largo pelo negro y yo, yo grabándolo todo para terminar recordándolo un montón de años después y escribirlo en un blog.
Las verjas abiertas y negras, y un camino de grava flanqueado por cipreses (lo de que eran cipreses lo supe décadas después). Yo estaba incómodo, no me gustaba que el coche de mi abuelo no entrase, pero él se bajaba y andábamos todo el camino hasta la casa. Ahora lo pienso y todo tenía un aire de ritual de pleitesía, o tal vez soy yo que lo veo con los ojos de un cuarentón fumado y amargado.
Lo recuerdo todo como muy grande y ominoso, me daba miedo al principio, ya te dije. No me acuerdo bien ni mucho del resto de la casa pero si el salón donde estaba la señora de la casa. Lo recuerdo oscuro y muy recargado y en el fondo, sentada en una butaca grande y verde estaba ella, la Señora. A sus pies había un regalo del que yo no podía apartar los ojos. Ya aquello no me daba tanto miedo, como tenerlo si había una mujer muy amable con un regalo delicadamente envuelto a sus pies (fucking interesado...).
Algo me decía que era para mi, y efectivamente, estaba claro. Un papel de regalo como aquel, tan colorido solo podía contener algo para un niño y yo era el único niño que estaba en aquel salón; blanco y en botella, Calcio 20.
Era una ametralladora de esas que soltaban chispas, muy cutre, pero a mi me encantaba. A partir de ese momento mi mente divagaba con imágenes mías disfrazado de Jason, el tipo más sombrío de Comando G disparando contra malvados con mi ametralladora de aspecto futurista. No me atrevía a apretar el gatillo, pues hacía mucho ruido y por aquel entonces era un niño muy educado, así que sólo fantaseaba. Lo que pasó en aquella reunión es un misterio para mí, tal vez algún día le pregunte a mi madre.
Nos marchamos al rato, no duró mucho y yo disfruté de lo lindo con aquel regalo.
Pasó el tiempo y con él, el año.
Y ese año se volvío a repetir el ritual y, sorpresa, la misma ametralladora. Al año siguiente igual. Y al otro.
Pero a mi no me desagradaba, me gustaba aquel juguete, además nunca me duraba un año.
Un día, no se muy bien por qué, dejamos de ir.
Supongo que la señora murió o algo.
Y ya no tuve más ametralladoras de chispas como aquellas.
Y tu dirás que a que viene todo este rollo, pues mira todo lo que se saca con el olfato.
Ahora mismo solo huelo a marihuana y a miel.
Y ¿por qué te hablé del olfato hoy?. Ah si, porque hoy estaba rebuscando en mi Caja de los Placeres y encontré algo pequeño, un frasquito que tenía casi olvidado.
Lo destapé y entonces una oleada de recuerdos vinieron a mi mente.
Y tu dirás, que tipo más raro, tiene sentidos favoritos y todo.
Pues sí, así soy yo, gilipollas perdido de nacimiento.
Los entendidos en esto de las palabras serias dicen que el del olfato es el sentido más evocador y yo, el más iletrado de los bloggers, estoy de acuerdo con esa afirmación, por eso es mi favorito.
Ahh, el olfato. El olfato me hace recordar tantas cosas. Una vez que huelo algo, supongo que a ti te pasará igual, de inmediato mi mente lo asocia con vívidas imágenes. Recuerdo un perfume en concreto, la verdad es que no se de qué perfume se trata; solo se que es un perfume de mujeres mayores de esas con pasta, ya sabes cuáles; sesentonas adineradas de esas que se tiñen el pelo de color lila. Joder, ¿por qué se tiñen las viejillas con ese color?. Ojito, que no soy un pervertido gerontófilo ni nada de eso, esta historia que te voy a contar no es sucia, creo.
La cosa es que alguna vez, paseando por Mesa y López he olido esa fragancia y mi mente vuela al pasado; a las navidades de hace treinta años, por lo menos.
Te cuento.
Verás, en su juventud, mi abuela, una niña nacida en 1917 sirvió en una casa de gente rica. Ya desde muy niña, no tendría más de diez años, fue acogida por esa familia que practicó con ella la más horrible de las esclavitudes. Vamos a ver, no la torturaban ni nada de eso, pero coño, poner a trabajar a una niña. Ya se que eran otros tiempos y todo eso, pero coño...
Pues bueno, imagínate... Las Palmas, 1927 (aprox), la primera guerra mundial no era más que un mal recuerdo, el Charlestón aún hacía furor en las radios de válvulas, nuevas modas se imponían y luego estaban todos aquellos fantásticos y maravillosos inventos. Casi no había coches en las calles, que coño, casi no había ni calles. Ya te digo, otros tiempos.
No tenían internet y eran mucho, mucho más felices. Supongo que cuando alguien de dentro de cuarenta o cien años escriba algo por el estilo a este blog dirá, "joder, no tenían neuranet (pendiente de patente)"
Bueno, me estoy enrollando como una persiana pero creo que en el fondo te gusta que divague.
Te decía que mi abuela sirvió en casa de esa familia, una de las más influyentes familias de la élite burguesa de Gran Canaria. Y según me contó, no lo pasó mal, trataba con los animales, tenían un mini-zoológico o algo. Trabajaba interna y creció en esa casa. Se convirtió en parte fundamental de la familia y todo eso. Me contó algunas anécdotas chulas que tal vez algún día te cuente a ti.
Pasó el tiempo y mi abuela se casó con mi abuelo así que dejó de servir en la casa de la gente rica para servir en su propia casa de gente pobre.
Total que esa familia nunca olvidó a mi abuela y tuvo un trato amable con ella hasta el fin de los días de la señora de la casa. Antes de que eso sucediera, la muerte de la señora, digo, mi abuela iba todos los años a la casa de la familia por navidad. Supongo que le darían aguinaldo o algo, ya sabes, esas tradiciones antiguas. Cuando fui lo suficiente mayor me tocó el turno.
Yo nunca serví a la familia y en realidad no recuerdo mucho de todo aquello pero recuerdo entrar en aquella casa con un batiburrillo de sentimientos bullendo en mi cabecita; miedo, sobre todo miedo y nervios. También algo de vergüenza; no me gustaban los desconocidos, ahora los adoro.
Ibamos en taxi, o nos llevaba mi abuelo en su mini. Jajajaja, imagínate, mi abuelo que era como un tanque con heridas de metralla en las piernas, conduciendo el mini, jajajaja y mi linda abuelita a su lado, orgullosa. Que bueno, se me saltan hasta las lágrimas. Mi madre en silencio, con su largo pelo negro y yo, yo grabándolo todo para terminar recordándolo un montón de años después y escribirlo en un blog.
Las verjas abiertas y negras, y un camino de grava flanqueado por cipreses (lo de que eran cipreses lo supe décadas después). Yo estaba incómodo, no me gustaba que el coche de mi abuelo no entrase, pero él se bajaba y andábamos todo el camino hasta la casa. Ahora lo pienso y todo tenía un aire de ritual de pleitesía, o tal vez soy yo que lo veo con los ojos de un cuarentón fumado y amargado.
Lo recuerdo todo como muy grande y ominoso, me daba miedo al principio, ya te dije. No me acuerdo bien ni mucho del resto de la casa pero si el salón donde estaba la señora de la casa. Lo recuerdo oscuro y muy recargado y en el fondo, sentada en una butaca grande y verde estaba ella, la Señora. A sus pies había un regalo del que yo no podía apartar los ojos. Ya aquello no me daba tanto miedo, como tenerlo si había una mujer muy amable con un regalo delicadamente envuelto a sus pies (fucking interesado...).
Algo me decía que era para mi, y efectivamente, estaba claro. Un papel de regalo como aquel, tan colorido solo podía contener algo para un niño y yo era el único niño que estaba en aquel salón; blanco y en botella, Calcio 20.
Era una ametralladora de esas que soltaban chispas, muy cutre, pero a mi me encantaba. A partir de ese momento mi mente divagaba con imágenes mías disfrazado de Jason, el tipo más sombrío de Comando G disparando contra malvados con mi ametralladora de aspecto futurista. No me atrevía a apretar el gatillo, pues hacía mucho ruido y por aquel entonces era un niño muy educado, así que sólo fantaseaba. Lo que pasó en aquella reunión es un misterio para mí, tal vez algún día le pregunte a mi madre.
Nos marchamos al rato, no duró mucho y yo disfruté de lo lindo con aquel regalo.
Pasó el tiempo y con él, el año.
Y ese año se volvío a repetir el ritual y, sorpresa, la misma ametralladora. Al año siguiente igual. Y al otro.
Pero a mi no me desagradaba, me gustaba aquel juguete, además nunca me duraba un año.
Un día, no se muy bien por qué, dejamos de ir.
Supongo que la señora murió o algo.
Y ya no tuve más ametralladoras de chispas como aquellas.
Y tu dirás que a que viene todo este rollo, pues mira todo lo que se saca con el olfato.
Ahora mismo solo huelo a marihuana y a miel.
Y ¿por qué te hablé del olfato hoy?. Ah si, porque hoy estaba rebuscando en mi Caja de los Placeres y encontré algo pequeño, un frasquito que tenía casi olvidado.
Lo destapé y entonces una oleada de recuerdos vinieron a mi mente.
Seguiremos en contacto.
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